Un alma doliente
Un alma doliente
 
No lucÃa su chaqueta escarlata, porque la sangre y el vino son rojos
y habÃa sangre y vino en sus manos cuando los sorprendieron con la muerta,
la pobre muerta a quien habÃa amado, la mujer que matara en su lecho.
Caminaba entre los penados en un mÃsero traje gris,
tocado con un gorro de cricket, y su andar parecÃa ágil y alegre:
pero jamás vi a un hombre que mirara tan ávidamente el dÃa.
Jamás vi a un hombre que mirara con tan ávidos ojos
ese pequeño dosel azul que los cautivos llaman cielo
y toda nube a la deriva con sus velas de plata.
Yo caminaba, con otros condenados, dentro de otro cÃrculo,
y me preguntaba si aquel hombre habÃa hecho algo grande o pequeño,
cuando una voz murmuró a mis espaldas:”Ese hombre será ahorcado“.
¡Dios mÃo! Me pareció, de pronto, que hasta los muros de la prisión se tambaleaban,
y el cielo, allá arriba, se me antojó un casco de candente acero;
y aunque yo era un alma doliente, no pude sentir mi dolor.
Sólo sabÃa qué acosado pensamiento aceleraba su paso y por qué
miraba aquel hombre el deslumbrante dÃa con tamaña avidez en los ojos:
habÃa matado lo que amaba, y por eso debÃa morir.

Oscar Wilde
Balada de la cárcel de Reading


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