Riquete el del Copete (Segunta parte)
Riquete el del Copete (Segunta parte)
Autor: Charles Perrault
Viene de Riquete el del Copete (Primera parte)
La Princesa se quedó cortada y no respondió nada.
-Veo -prosiguió Riquete el del Copete- que la proposición os desagrada, y no me extraña; pero os doy un año entero para decidiros.
La Princesa tenÃa tan poca inteligencia y al mismo tiempo tantas ganas de tenerla, que pensó que el fin de ese año no llegarÃa nunca; de modo que aceptó la proposición que se le hacÃa. Apenas hubo prometido a Riquete el del Copete que se casarÃa con él al cabo de un año, tal dÃa como aquél, cuando se sintió completamente distinta de lo que era antes; notó que tenÃa una facilidad increÃble para decir todo lo que le apetecÃa y para decirlo de una manera fina, suelta y natural. Desde aquel momento entabló una conversación elegante y sostenida con Riquete el del Copete, donde brilló con tal fuerza, que Riquete el del Copete pensó que le habÃa dado mucha más inteligencia de la que se habÃa reservado para sà mismo.
Cuando regresó al palacio, en la Corte no sabÃan qué pensar de ese cambio tan súbito y tan extraordinario, porque lo mismo que antes la habÃan oÃdo decir sandeces, ahora la oÃan decir cosas muy sensatas e increÃblemente ingeniosas.
Toda la Corte sintió una alegrÃa como nadie se puede imaginar; sólo la menor no se alegró de ello, porque, al no tener ya sobre su hermana mayor la ventaja de la inteligencia, parecÃa a su lado una mona muy patética.
El Rey se guiaba por sus opiniones y hasta iba, en ocasiones, a sus aposentos a celebrar Consejo.
Habiéndose propagado el rumor de aquel cambio, todos los jóvenes prÃncipes de los reinos vecinos hicieron lo posible por conseguir su amor, y casi todos la pidieron en matrimonio; pero ella no encontraba ninguno que tuviera bastante inteligencia, y los escuchaba a todos sin comprometerse con ninguno.
Sin embargo, llegó uno tan poderoso, tan rico, tan inteligente y tan bien plantado, que no pudo evitar el sentirse atraÃda hacia él. Su padre, que se dio cuenta de ello, le dijo que la dejarÃa elegir esposo y que no tenÃa más que expresar su deseo. Como cuanta más inteligencia se tiene más difÃcil resulta tomar una decisión al respecto, después de darle las gracias a su padre, le rogó que le diera tiempo para meditarlo.
Por casualidad fue a pasearse por el mismo bosque donde se habÃa encontrado con Riquete el del Copete, para pensar más a gusto en lo que tenÃa que hacer. Mientras paseaba, pensando profundamente, oyó un ruido sordo bajo sus pies, como de varias personas que van y que vienen.
Habiéndose parado a escuchar con más atención, oyó que alguien decÃa:
-Tráeme esa olla.
Otro:
-Dame ese caldero.
Otro:
-Echa leña al fuego.
Al mismo tiempo se abrió la tierra, y vio bajo sus pies algo asà como una gran cocina llena de cocineros, pinches de cocina y todo el personal necesario para organizar un magnÃfico banquete. Salió de ella un grupo de veinte o treinta asadores, que fueron a acampar en una avenida del bosque alrededor de una mesa muy larga, y que, con la aguja de mechar en la mano y el rabo de zorro cayéndoles sobre la oreja, se pusieron a trabajar al compás de una armoniosa canción. La Princesa, extrañada por el espectáculo, les preguntó para quién trabajaban.
-Lo hacemos, señora -le respondió el que parecÃa el jefe del grupo-, para el prÃncipe Riquete el del Copete, cuya boda se celebrará mañana.
La Princesa, aún más sorprendida que antes, y acordándose de pronto de que hacÃa un año, tal dÃa como aquél, habÃa prometido casarse con el prÃncipe Riquete el del Copete, se quedó paralizada.
El hecho de que no se acordara se debÃa a que cuando hizo aquella promesa era tonta y, al adquirir la nueva inteligencia que el PrÃncipe le habÃa concedido, habÃa olvidado todas sus tonterÃas.
No habÃa dado treinta pasos siguiendo su paseo, cuando se presentó ante ella Riquete el del Copete, elegante, magnÃfico y como un prÃncipe que va a contraer matrimonio.
-Señora -dijo él-, aquà me tenéis puntual tal como acordamos y no dudo de que vos hayáis venido aquà para cumplir vuestra palabra y hacerme, concediéndome vuestra mano, el más feliz de todos los hombres.
-Os confesaré francamente -respondió la Princesa- que todavÃa no he tomado una decisión y que no creo que pueda nunca tomarla en el sentido que vos deseáis.
Continuará


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Hay que tener cuidado al fiarse de las personas. Riquete no serÃa tan inteligente si deja que se la jueguen de esa manera.