Riquete el del Copete (Primera parte)
Riquete el del Copete (Primera parte)
Autor: Charles Perrault, escritor francés del siglo XVII, conocido ante todo por sus cuentos, entre los que figuran Cenicienta y La bella Durmiente.
Érase una vez una Reina que dio a luz un hijo tan feo y contrahecho, que durante mucho tiempo se dudó si tenÃa forma humana. Un hada que estuvo presente en su nacimiento aseguró que no dejarÃa de ser agradable, pues tendrÃa una gran inteligencia; añadió incluso que podrÃa, en virtud del don que ella acababa de concederle, dar tanta inteligencia como él tuviese a la persona a quien más quisiera. Todo esto consoló un poco a la pobre Reina, que estaba muy afligida por haber traÃdo al mundo tan feo monigote. También es verdad que, en cuanto empezó a hablar, el niño dijo mil cosas bonitas y tenÃa en todos sus gestos un no sé qué de ingenioso, que estaban todos encantados con él.
Me olvidaba decir que vino al mundo con un pequeño copete de pelos en la cabeza, por lo que lo llamaron Riquete el del Copete, pues Riquete era el apellido de la familia.
Al cabo de siete u ocho años, la Reina de un reino vecino dio a luz dos niñas. La primera que vino al mundo era más hermosa que el dÃa: la Reina se puso tan contenta, que se temió que una alegrÃa tan grande la perjudicara. La misma hada que habÃa asistido al nacimiento del pequeño Riquete el del Copete estaba presente y, para moderar la alegrÃa de la Reina, le declaró que la Princesita no tendrÃa nada de inteligencia y que serÃa tan estúpida como hermosa. Aquello disgustó mucho a la Reina; pero unos instantes después sintió una pena mucho mayor, pues resultó que la segunda hija que dio a luz era extremadamente fea.
-No os aflijáis tanto, señora -le dijo el hada-, vuestra hija será compensada de otro modo y tendrá tanta inteligencia que apenas se darán cuenta de que carece de belleza.
-Dios lo quiera -respondió la Reina-. ¿Pero no habrÃa manera de poder dar un poco de inteligencia a la mayor, que es tan hermosa?
-No puedo hacer nada por ella, señora, en lo que concierne a la inteligencia -dijo el hada-, pero lo puedo todo en lo tocante a la belleza; y como no hay nada que no quiera hacer para satisfaceros, voy a otorgarle el don de poder hacer hermosa a la persona que le guste.
A medida que fueron creciendo las dos princesas, sus perfecciones crecieron también con ellas, y en todas partes no se hablaba más que de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la menor.
También es verdad que sus defectos aumentaron mucho con la edad. La menor se volvÃa cada vez más fea y la mayor, cada dÃa más estúpida. Y asÃ, o no contestaba a lo que le preguntaban o decÃa una tonterÃa. Además era tan torpe que no hubiera podido colocar cuatro porcelanas en el saliente de una chimenea sin romper alguna, ni beber un vaso de agua sin echarse la mitad en el vestido.
Aunque la belleza es una gran ventaja para una joven, sin embargo la menor casi siempre tenÃa superioridad sobre la mayor en sociedad. Al principio se dirigÃan al lado de la más hermosa para verla y admirarla, pero al poco rato se dirigÃan a la que tenÃa más inteligencia para oÃrla decir mil cosas agradables; y era sorprendente ver cómo, en menos de un cuarto de hora, no quedaba nadie junto a la mayor, y todo el mundo se arremolinaba alrededor de la menor. La mayor, a pesar de ser tan estúpida, lo notaba perfectamente y hubiera dado sin dudar toda su belleza por tener la mitad de la inteligencia de su hermana.
La Reina, por muy prudente que fuera, no dejó de reprocharle un dÃa varias veces su sandez, con lo que la pobre Princesa creyó morir de pena.
Un dÃa en que se habÃa retirado a un bosque para llorar su desgracia, vio que se le acercaba un hombrecillo muy feo y muy desagradable, pero magnÃficamente vestido. Era el joven prÃncipe Riquete el del Copete, que, habiéndose enamorado de ella por los retratos que circulaban por todo el mundo, habÃa abandonado el reino de su padre para tener el placer de verla y de hablar con ella.
Encantado de encontrarla tan sola, la abordó con todo el respeto y toda la cortesÃa imaginables. Habiendo observado, después de hacerle los cumplidos de rigor, que estaba muy deprimida, le dijo:
-No comprendo, señora, cómo una persona tan hermosa como vos pueda estar tan triste como aparentáis; porque, aunque puedo vanagloriarme de haber visto infinidad de personas hermosas, puedo deciros que jamás he contemplado a nadie cuya belleza se iguale a la vuestra.
-Eso lo diréis vos, señor -le respondió la Princesa, que se quedó cortada.
-La belleza -prosiguió Riquete el del Copete- es una ventaja tan grande que compensa cualquier otra cosa. Y, cuando se la posee, no veo nada que os pueda preocupar en demasÃa.
-PreferirÃa -dijo la Princesa- ser tan fea como vos y tener inteligencia, que poseer mi belleza, y ser tan tonta.
-Señora, no hay nada que demuestre tanto que se tiene inteligencia como creer no tenerla, y pertenece a la naturaleza de este don que, cuanto más tiene uno, más cree carecer de él.
-Eso no lo sé -dijo la Princesa-; lo que sà sé es que soy muy tonta, y de ahà viene la tristeza que me aflige.
-Señora, si lo que os aflige no es más que eso, puedo fácilmente poner fin a vuestro dolor.
-¿Y cómo lo haréis? -dijo la Princesa.
-Señora -dijo Riquete el del Copete-, tengo el poder de dar tanta inteligencia como se pueda tener a la persona a quien más ame, y como sois vos, señora, esa persona, no depende más que de vos el tener tanta inteligencia como se pueda tener, con tal que queráis casaros conmigo.
Continuará
Tags: Charles Perrault, Cuento, escritor francés, Riquete el del Copete

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